¿Qué es la perspectiva de género y equidad social?

 Es un marco conceptual, una metodología y un instrumento crítico de análisis de las relaciones sociales que orienta las decisiones, amplía y cambia la mirada, permite reconstruir conceptos y analizar actitudes para identificar los sesgos y los condicionamientos de género y encarar, luego, mediante el diálogo, su revisión y modificación.

 Fundamenta la consideración de las personas como sujetos situados en una realidad determinada que los condiciona, pero que pueden transformar a partir de aprendizajes y estrategias colectivas y personales.

  • La suposición subyacente es que las desigualdades de género están profundamente arraigadas en el tejido cultural y socioeconómico de la sociedad por lo que cada campo y área sujeta a políticas, legislaciones, programas, actividades, contienen una dimensión de género que debe ser considerada. Por ello no significa agregar un "componente de mujeres" o incluso un "componente de igualdad de género" a una actividad existente.
  • En su origen y durante las décadas pasadas, los esfuerzos de aplicación de la perspectiva de género se centraron en transformar la situación de notoria discriminación de la que partían las mujeres. Pero los aprendizajes logrados han demostrado su potencialidad de aplicación para abordar las diversas dimensiones económicas, normativas, socio-simbólicas y subjetivas que juegan en los fenómenos sociales y en los productos de la actividad humana así como el abordaje y transformación de los diferentes criterios generadores de inequidad. En la actualidad, y desde las corrientes de pensamiento más innovadoras en el ámbito social, se entiende que sobre el género actúan las otras dimensiones generadoras de diferencias (raza, etnia, edad, nivel educativo, clase social, ingresos, condición rural o urbana, etc.) potenciando las desigualdades. Todas ellas se asientan en el acceso diferenciado a los recursos y oportunidades y en relaciones de poder basadas en criterios no siempre explicitados. 
  • La raza, etnia y edad clasifican a las personas basándose, respectivamente, en las especificidades fenotípicas, en las características culturales, de lenguaje y territorio, en los años de vida, y traducen o singularizan el criterio primario de agrupación por sexo jugando un papel determinante en la construcción de la identidad individual y colectiva. Un ejemplo claro del entrecruzamiento entre la discriminación sexual y racial es el hecho de que, históricamente, se hayan otorgado características ligadas al estereotipo de lo femenino, por ejemplo sumisión y pasividad, a los grupos raciales y étnicos subordinados. A su vez, este entrecruzamiento se asocia y potencia con los criterios socioeconómicos de clasificación generando la desigualdad y el círculo vicioso de reproducción de la pobreza y la subordinación.
"Para las personas que viven en la pobreza, la discriminación y toda una serie de privaciones confluyen para crear un ciclo de desventajas. Las barreras de raza, religión o casta condenan a muchas comunidades a vivir en los márgenes de la sociedad y de la economía. A las mujeres les resulta incluso más difícil todavía que a los hombres zafarse de la pobreza a causa de una discriminación generalizada basada en el sexo" .

Somavía, Juan; Memoria anual a la Conferencia Internacional del Trabajo, OIT, 2003: 38

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